PROGRAMAS RADIALES - 08 de Enero 2005

 

El Trabajo: Signo distintivo entre el hombre y los demás animales

 

Mientras la gente ignore las leyes de la naturaleza y la sociedad, y no pueda, por tanto, dirigir las fuerzas que rigen tanto a la naturaleza como a la sociedad, la gente se sentirá esclava de la naturaleza y de la sociedad, esclava de poderes ocultos e invisibles. En cambio, en la medida en que conozca estas leyes de la vida, el mundo y la sociedad, como lo ha venido haciendo desde que la sociedad humana se separó definitivamente de aquellas manadas de monos de donde procede, leyes que a la vez dirigen su propia existencia, entonces, empezará a liberarse, a hacerse dueña de su propio destino.

El hombre ha requerido millones de años de desarrollo y contingencias hasta que en la sociedad se llegara a crear la necesidad de conocer las causas que rigen lo hasta entonces desconocido. Es muy probable que a muchos de ustedes les surja la pregunta: ¿y qué es lo que encontramos como signo distintivo entre el resto de los animales, o en particular de las manadas de monos de donde procedemos, y la sociedad humana que ha ocasionado que el hombre, que es el animal agrupado en lo que se llama sociedad humana, en la lucha por satisfacer sus necesidades de supervivencia haya culminado desembocando en el conocimiento, es decir, el proceso mediante el cual logra entender y darse cuenta de que lo que hay en su cerebro, que lo que piensa, conoce o sabe, no es más que el reflejo, en su cerebro, de la realidad que le rodea, realidad que existe independientemente de su propia voluntad o deseo, de que él piense en ella o la quiera pensar o no, todo lo que se ha transformado en un devenir ininterrumpido en el que se ensanchan y amplían los horizontes y posibilidades de lograr dominar las leyes ocultas que rigen la vida, el mundo y la sociedad, así como dicho proceso de conocimiento, hasta lograr encausarlo todo según su voluntad, y en tanto, los demás animales, no hayan podido elevarse hasta ese nivel, esto es, que esté de hecho y definitivamente fuera del alcance  del resto de los animales llegar si quiera a comprender o a pensar?  Ese signo distintivo es el trabajo.

Primero el trabajo, luego y con él la palabra articulada, fueron los dos estímulos principales bajo cuya influencia el cerebro de nuestros antepasados homínidos se fue transformando en cerebro humano.

Gracias a la cooperación de la mano, de los órganos del lenguaje y del cerebro, no sólo en cada individuo si no también en la sociedad, los hombres fueron aprendiendo a ejecutar trabajos y operaciones cada vez más complicados, a plantearse y a alcanzar objetivos cada vez más elevados. El trabajo mismo se diversificaba y perfeccionaba de generación en generación, extendiéndose cada vez a nuevas actividades.

A la caza y a la ganadería vino a sumarse la agricultura, y más tarde el hilado y el tejido, el trabajo de los metales, la alfarería y la navegación.

Al lado del comercio y de los oficios aparecieron, finalmente, las artes y las ciencias, de las tribus salieron las naciones y los estados. Se desarrollaron el derecho y la política y con ellos el reflejo fantástico de las cosas humanas y no humanas en el cerebro del hombre lo que daría origen a la capacidad de abstracción, del pensamiento en abstracto, a la imaginación más allá de lo real, así surgen, entre otras, las creencias filosóficas, religiosas, artísticas, etc.

 

Frente a todas estas creaciones que parecían dominar las sociedades humanas, y se manifestaban en primer término como si fueran productos del cerebro del hombre, tanto más cuando en una fase temprana del desarrollo de la sociedad (por ejemplo en la familia primitiva) la cabeza que planeaba el trabajo era ya capaz de obligar a manos ajenas a realizar el trabajo proyectado por ella, las producciones fruto del trabajo de la mano, quedaron relegadas a un segundo plano.

El rápido progreso de la civilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo de la creatividad del cerebro. Los hombres se acostumbraron a explicar sus actos por sus pensamientos, en lugar de buscar esta explicación de sus actos en sus necesidades, reflejadas, naturalmente, en la cabeza del hombre que así cobra conciencia de ellas. Fue así, como con el transcurso del tiempo surgió esa concepción idealista del mundo que ha dominado el cerebro de los hombres.

El trabajo, la fuente de toda riqueza y la fuerza motriz de la evolución humana, asumió el mismo devaluado status de aquellos que trabajaban para las clases gobernantes. Desde el surgimiento de la propiedad privada, el conocimiento pasó a ser propiedad exclusiva de  aquellos que detentaban la propiedad de los medios de producción y vivían del trabajo ajeno, por lo que las acciones del cerebro aparecían como si tuvieran poder por sí mismas, despreciándose el valor de las acciones producto de la mano, producto del trabajo. Se hizo énfasis en el pensamiento como lo primario, lo dominante y, más que nada, se hizo énfasis en que el pensamiento era más importante que el trabajo por él supervisado.

Esta tradición idealista dominó la filosofía hasta los días de Darwin. Esta mirada idealista sobre el mundo, escribió Engels “Todavía los gobierna hasta tal punto que aún los más materialistas de los científicos naturalistas de la escuela darwiniana son todavía incapaces de formarse una clara idea del origen del hombre, porque bajo esta influencia ideológica ellos no reconocen el papel que en él le toca al trabajo...”

 

 

¿Se detuvo ya la evolución?

 

Esa concepción idealista de ver las cosas, es decir, la concepción que plantea que primero es el pensamiento, la idea, el espíritu, y que al final de cuentas siempre termina recurriendo a fuerzas sobrenaturales para explicar los fenómenos, rechazando las respuestas en base a los hechos y la experiencia, que son las respuestas científicas, es la que frecuentemente se impone, aún se acepte que la evolución es un hecho comprobado por evidencias directas del registro fósil y del registro molecular que explica el origen de la vida en este planeta, y del hombre en particular, cuando se piensa erróneamente en la evolución como algo que sucedió hace mucho tiempo y se detuvo, y no como algo que sucede y seguirá sucediendo.

La realidad es que todos los animales, más aún, todos los seres vivos, están evolucionando sin parar. No se notan los cambios en los seres vivos más complejos porque ocurren en un individuo, y se requiere un buen tiempo para que el cambio individual se propague en la población hasta alcanzar una cantidad que abarque a toda o a casi toda la población haciéndose, entonces, evidente la cualidad nueva. Los cambios producidos por la evolución se producen en los individuos, pero se aprecian, no en los individuos, sino en las poblaciones.

Miles y miles de generaciones tienen que pasar para que se forme una especie nueva que no se parezca a la anterior. Aunque, en los seres menos complejos, como ciertos reptiles o bacterias, por citar dos de los miles de seres vivos, las generaciones pasan rápidamente una tras otras, por lo menos en relación al ritmo que tiene el paso de la nuestra, por ejemplo, y podemos apreciar, entonces, estos cambios, puede decirse en secuencia hasta evidenciarse definitivamente la modificación, lo cual todavía sigue pareciéndonos asombroso porque todavía los humanos no conocemos ni controlamos en su totalidad, aunque no se puede negar que hemos alcanzado notables progresos, las leyes que rigen el mundo, y por eso nos parece sorprendente lo que es el día a día de la evolución de la vida en la naturaleza terrestre.

De modo, que las series evolutivas no son exclusivas del registro fósil. Muchas de éstas pueden ser observadas en nuestros días, mostrándonos cómo la evolución continúa su trabajo.

Esto es lo que se puede constatar en la magistral serie evolutiva actual de algunos escincos o lagartos terrestres del sur de Africa, que se manifiestan, estos cambios evolutivos, específicamente en la perdida de las extremidades de estos reptiles.

Es pertinente hacer la salvedad de que no deben confundirse los lagartos con los cocodrilos y caimanes. El término “lagarto” en biología, se refiere exclusivamente a miembros del grupo de los Squamata, al que también pertenecen las serpientes. Los cocodrilos y los caimanes no pertenecen a los Squamata si no a los Archosauria, que es el mismo grupo de los dinosaurios y las aves.

Pues bien, Los escincos son un numeroso grupo de lagartos de distribución cosmopolita. Son en general de tamaño reducido, con unos pocos centímetros de longitud, algunos viven en ambientes tropicales, otros en desiertos; algunos son arborícolas, otros viven en el suelo y algunos son subterráneos. Es precisamente este último hábitat el que ha “estimulado” la pérdida de miembros locomotores en algunos escincos, pues éstos no son necesarios para desplazarse dentro de un suelo blando o arenoso, tal como lo demuestran las lombrices de tierra y muchos otros animales subterráneos.

La naturaleza ha mostrado que constituye una ventaja el deshacerse de una estructura cuando ésta ya no es útil, y principalmente si estorba, ventaja, que por pequeña que sea, aumenta las posibilidades de ser seleccionado por la naturaleza para sobrevivir como especie. Esta experiencia evolutiva es tan real como parte de nuestra propia vida, que ha sido resumida en el refranero popular, que no es más que la expresión de la experiencia práctica popular, en el conocido axioma: órgano que no se usa, se atrofia, es decir pierde sus facultades.

En un artículo publicado en la página de Internet llamada “Sin Dioses”, con el título “Menos es más: cómo evolucionan los escincos africanos”, escrito por Juan Carlos Cisneros, éste ofrece la descripción de esa evolución tan nítidamente documentada en las especies vivientes de escincos pertenecientes al género Scelotes.

En las especies vivientes de escincos pertenecientes al género Scelotes se ve, gradualmente, el proceso de pérdida de sus extremidades, hasta convertirse en reptiles ápodos, es decir, faltos de pies. Las especies Scelotes capensis y S. mirus (Fig. 2A y B) poseen dos pares de extremidades con cinco dedos cada una. Los Scelotes limpopoensis limpopoensis, (Fig. 2C) poseen 3 dedos en los miembros anteriores y 4 en los posteriores, mientras que los S. caffer (Fig. 2D) posee apenas tres dedos en cada par de miembros, mostrando ya una fuerte reducción en el tamaño de las extremidades anteriores.

 

 Figura 2. A, Scelotes capensis; B, S. caffer; C, S.

limpopoensis limpopoensis y D, S. mirus .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 3. A, Scelotes sexlineatus; B, S. bipes; C, S.

kasneri y D, S.bidigitatus. 

 

Figura 4. A, Scelotes mossambicus; B, S. gronovii y C,

S. bourquini.

 

Figura 5. A, Scelotes arenicolus (con sus crías); B,

S. anguineus y C, S. inornatus.

 

Figura 6. A, Chamaesaura; B, Sepsina y C,

Tetradactylus, otros escincos africanos en proceso de "serpentización".

 

Las especies Scelotes sexlineatus, S. bipes, S. kasneri y S. bidigitatus (Fig. 3A-D) han perdido ya los miembros anteriores, y sus miembros posteriores poseen sólo dos dedos. Las especies Scelotes mossambicus y S. gronovii (Fig. 4A y B) han perdido también las extremidades anteriores y poseen únicamente un dedo en las posteriores, mientras que el S.bourquini posee apenas miembros posteriores rudimentarios, sin dedos, difíciles de apreciar a simple vista (no pueden ser vistos en la Figura 2D).

La pérdida total de las extremidades consta en las especies Scelotes arenicolus, S. anguineus y S. inornatus (Fig. 5A-C).

Cabe aquí resaltar que, a pesar del parecido de los escincos sin patas con las serpientes, los escincos o lagartos de las especies del género Scelotes que han evolucionado hasta perder todas sus extremidades no son verdaderas serpientes, pues no tienen parentesco cercano con éstas. Se trata en verdad de lagartos ápodos, lagartos que han "imitado" a las serpientes.

En el caso del género Scelotes, podemos apreciar detalladamente la transformación que las especies de este género han experimentado, pudiendo apreciar cada paso del proceso evolutivo en seres todos vivos.

En el caso del género Scelotes, podemos también apreciar que el proceso evolutivo de las especies no debe ser visto en línea recta, sino en forma de ramificación. Es decir, no todas las especies de escincos o lagartos aquí mencionadas descienden una de la otra en una sola línea recta. Las relaciones entre éstas son como las ramas, las hojas y el tronco de un árbol.

El ejemplo de los escincos aquí citado es apenas una de las muchas series evolutivas existentes. De hecho, dentro de los mismos escincos, la reducción de miembros puede ser apreciada en varios otros géneros africanos, tales como Tetradactylus, Chamaesaura y Sepsina (Fig. 6), así como también en escincos de otros continentes.

En realidad, todos los grupos de seres vivos actuales pueden agruparse evolutivamente, por lo menos grosso modo. Pero, usted se preguntará, ¿acaso las especies que dan origen a otras no deberían desaparecer si dan origen a otra? ¿Qué hacen todas esas especies de escincos viviendo al mismo tiempo? ¿No es esto extraño? No, no lo es. Una especie puede vivir más, o mucho más, que otra a la cual dio origen. Lo que determina la supervivencia de una especie no es su edad, sino su adaptación al medio.

Finalmente, después de haber visto cómo algunos lagartos se están quedando sin patas, puede ser interesante saber que algunas serpientes aún las poseen. Este es el caso de las constrictoras, grupo al cual pertenecen las serpientes más grandes del mundo, las difamadas boas, pitones y anacondas. En éstas aún puede ser apreciado un pequeño espolón (Fig. 7) o garra vestigial, presente únicamente en los machos.

Éste órgano rudimentario es todo lo que queda de los fuertes miembros locomotores de los reptiles, estructuras especializadas y que tanto trabajo le costó a los primeros anfibios el desarrollar, este espolón es un simbólico recordatorio de los lejanos antepasados de las serpientes, los cuales caminaban junto a los dinosaurios y de aquello de que en la evolución menos puede ser más y más puede ser menos.

 

Figura 7. Espolón vestigial en la anaconda. *

 

Créditos de las imágenes:

Fig. 1: Yale Peabody Museum. Figs. 4C, 6A: W. Haacke; Fig. 3D: National Parks Board; Fig. 6C: G. Alexander; Fig. 2A: H. Berger-Dell'mour; Figs. 2B, 3A-C: A. de Villiers;

Figs. 2C, D, 4A, B, 6A, B: B. Branch; tomadas de "A Field Guide to Serpents and other Reptiles of Southern

Africa", Bill Branch, Struik Publishers. Fig. 7: N. Cohen, tomada de "Los Reptiles", Archie Carr, Life

Nature Library.

 

 

Otro ejemplo de la evolución: La distribución de los genes de células falciformes en las poblaciones humanas

 

Otro ejemplo bien conocido de evolución que se puede observar directamente en el mundo de hoy es la evolución de la hemoglobina de células falciformes.

La hemoglobina es una proteína de la sangre que se encuentra dentro de los glóbulos rojos de ésta y que garantiza el transporte de oxígeno a los pulmones, además de darle el color rojo característico a la sangre. Los seres humanos tienen dos variantes del gen de hemoglobina: estas variantes son: el llamado alelo A y el llamado alelo F o alelo de "célula falciforme".

A estas variantes del gen de la hemoglobina se les llama alelo A y alelo F porque un alelo es toda versión diferente de un mismo gen. Todos los humanos tienen dos alelos del gen de la hemoglobina, uno heredado de la madre y otro heredado del padre. Así, que las posibles combinación de los alelos A y F que podemos encontrar en los genes de la hemoglobina humana son: AA, AF o FF.

Las personas que nacen con la combinación FF tienen los dos alelos de su gen de la hemoglobina de célula falciforme". Estas personas padecerán una enfermedad llamada anemia falciforme que puede ser mortal.

Las poblaciones africanas y sus descendientes tienen una mayor proporción de alelos de células falciformes que otras poblaciones, y por lo tanto es importante evaluarlas y tratarlas. Esto es un asunto importante de salud pública.

Pero, ¿Cuál podrá ser la razón de esa peculiaridad evolutiva que hace que los africanos sean más susceptibles a la anemia falciforme? ¿Será que los africanos por naturaleza son "menos saludables" que los europeos? ¿Será un castigo de dios? ¿O será que no son seres humanos?

La evolución da una respuesta clara y simple: las personas que nacen con la combinación AF, es decir, con un solo alelo de célula falciforme, tienen una ventaja en las regiones del mundo, como lo son grandes áreas de Africa, donde es común la malaria o paludismo que es otra enfermedad muy seria también, transmitida por un mosquito. La ventaja consiste en que ese alelo F o de célula falciforme de la hemoglobina, protege de la malaria a la persona que lo porta. Por esa razón el alelo F de célula falciforme se pudo haber preservado en el curso de la historia de los seres humanos, en vez de ser eliminado por selección natural.

En las partes del mundo donde abunda la malaria, los individuos que nacen con una copia del alelo F de células falciformes tienen más probabilidad de sobrevivir lo suficiente para tener hijos que los que nacen sin ese alelo y que pueden morir de malaria. Los sobrevivientes con un gen de célula falciforme se lo pasaron a sus hijos, que se lo pasaron a sus hijos... y cada individuo que heredaba un solo alelo de célula falciforme tenía una "ventaja selectiva" para no morir de malaria. Tristemente, cierta cantidad de personas de cada generación tendrían la mala suerte de recibir dos copias de ese alelo F y padecerían de anemia falsiforme y probablemente morirían sin hijos.

Si un dios fuera el causante de este sufrimiento y muerte, ¡sería una infamia! ¿Por qué darle a la humanidad anemia o malaria? ¿Y por qué un creador todopoderoso iba a recurrir a un mecanismo tan enredado e imperfecto para proteger de la malaria? Con seguridad un dios todopoderoso podría haber hecho algo mejor.

Por el contrario, la selección natural es un proceso natural "ciego", sin juicios de valor, que sucede, podríamos decir, automáticamente, sin intervención de ninguna conciencia externa ni de la mano de un

"artífice inteligente" llámese dios o como se quiera llamar. La evolución por selección natural no es intrínsecamente ni "buena" ni "mala". Ocurre y punto.

Si lo único que hiciera el alelo de célula falciforme fuera causar una enfermedad mortal, muy probablemente el proceso de selección natural lo habría eliminado de las poblaciones humanas. La razón es, que si los genes de célula falciforme no tuvieran ningún efecto benéfico y sólo causaran enfermedad, los individuos sin alelos de célula falciforme seguramente producirían más descendientes que los individuos con tal alelo que morirían en su mayoría sin dejar descendencia.

Pero como un solo alelo de célula falciforme (alelo F), en combinación con un alelo diferente (alelo A), protege de la malaria, y por lo tanto aumenta la probabilidad de vivir y de tener descendientes sanos, la selección natural tenderá a "conservar" el alelo de célula falciforme de generación en generación de las poblaciones humanas que viven en zonas donde abunda la malaria, como de hecho sucede. Eso sucederá aunque sea a expensa de un grupo de individuos que heredarán dos alelos F en su gen de hemoglobina y sufrirán de anemia falciforme.

Como hemos dicho, la selección natural no hace juicios de valor y no favorece conscientemente a unos seres humanos por encima de otros: es simplemente un proceso inconsciente de la naturaleza que reorganiza las proporciones relativas de distintos alelos heredables en una población de individuos variados, como simple subproducto y nada más, de cuantos descendientes puedan aportar diferentes individuos a la siguiente generación.

Es importante que pensemos en esto: si uno no entiende esto, si no entiende cómo opera la evolución, podría pensar, por ejemplo, que los negros son víctimas de un misterioso castigo ya que los africanos y sus descendientes sufren más de anemia falciforme que, por ejemplo, los europeos. O que son seres inferiores que tienen esa debilidad. O que no son seres humanos, como postularon los esclavistas del viejo colonialismo y sostienen hoy día los fundamentalistas cristianos, que  recalcitrantemente no aceptan el origen evolutivo del hombre, y quienes señalan que los negros, los asiáticos, los árabes, los indígenas y, en fin, todos los tercermundistas son hijos de Eva con Satán o el diablo, por lo que de una u otra manera hay que exterminarlos y enfermedades como la anemia falsiforme demuestra que así lo quiere dios.

Por el contrario la ciencia, a través de estudios del ya descifrado genoma humano o mapa genético, prueba irrefutable del origen del hombre a partir de la evolución de la materia y partiendo de un tronco común para todos los seres vivos, ha logrado avances importantes en la búsqueda de corregir las consecuencias de que se presenten juntos dos alelos F de célula falciforme en un individuo, lo que permitirá que personas con anemia falciforme puedan sobrevivir.

Aquí si se da el caso de la intervención de una “inteligencia” consciente, que es en este caso el hombre mismo, para modificar una acción ciega de la naturaleza.

Este ejemplo demuestra, de nuevo, por qué es tan importante que todos entendamos, cómo se sabe a ciencia cierta, que la evolución es un hecho, aprendamos los principios básicos de la evolución, nos opongamos enérgicamente a los fundamentalistas religiosos que tratan de impedir que estos hechos se conozcan y exijamos una educación laica y positiva, o sea, basada en hechos y evidencias, una educación científica, en nuestras escuelas.


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